La mujer vestida de gris



La mujer está vestida de gris. Afuera llueve, y está oscuro.

Ayer, la mujer había vestido de azul, afuera había sol, y la luz iluminaba su cielo. Pero un temporal se avecinaba, y la mujer lo sabía. Mas no llevó paraguas. Quizá le pareció poco relevante, y prefirió mojarse.

Ahora no lo sabe a ciencia cierta.

La mujer se pregunta, porqué hoy no vistió de rojo. A la mañana se probó unos zapatos colorados, pero le parecieron demasiado ostentosos. Y eligió los stilettos grises. Y ahora, cuando salga del espacio que la cobija, se le mojarán los pies.

Podría haber elegido, en todo caso, reflexiona, las botas grises. Al menos, sus pies ahora estarían abrigados.

Pero no lo están.

Lo cierto es que esta tarde, la mujer está vestida de gris, y no vino preparada para la lluvia.

La mujer se siente perdida.

No sabe si salir a la calle y mojarse los pies, o esperar a que la lluvia ceda un tanto.

La mujer se siente paralizada.

Su imagen se ha congelado en el tiempo.

Ahora la mujer es una estatua de hielo, su pelo es blanco, su ropa es blanca, y sus stilettos son blancos.

Es que la mujer misma está en blanco.

Se ha caído del tiempo.

La mujer siempre se había subyugado ante la idea de subir y bajar de la línea del tiempo, el presente sin arpegios le era sumamente aburrido. Ella prefería adornarlo con un pasado romántico y con un futuro impreciso.

El presente sin arpegios le revela a la mujer su imagen congelada en el tiempo, y está sumida en las tinieblas.

La ciudad que la alberga le parece caótica y predecible, es que ir al centro el sábado a la noche y los trolebuses forman parte de su pasado romántico.

Por momentos, la mujer tiene ganas de ser aquella joven despreocupada cuyos cabellos se mecían al viento soñando un futuro eterno, con todas las estrellas por delante.

Pero, la mujer todavía es joven. Apenas le ha salido la primera cana, y aún mantiene su cabello negro y largo.

¿Cuántos años usted tiene?- le pregunta de golpe la señora del trajecito con botones dorados, con olor a fijador de peluquería, muy estructurada y cuidando sus ademanes para no arruinar su peinado. – Parece usted muy joven.

La mujer vestida de gris le pregunta a su memoria, pero ella no le da respuesta.

Ella había esperado tanto del futuro, pero el presente se le impone de cara.

No, no hay vida en otros planetas y ella está sola en el mundo.

La mujer vestida de gris es ella y su soledad.

La mujer vestida de gris supo soñar con el año 2000 y Montevideo, una ciudad satelital, donde no habría autos, y todos se trasladasen en naves voladoras.

Pero el año 2000 había llegado, y nada había sucedido.

Montevideo no era una ciudad en el aire, y ella no volaba. Seguía usando jeans con championes el fin de semana, y trajecitos ceñidos, tacones altos y camisas abotonadas para ir a trabajar.

Pero quien sí había llegado era un pulpo con brazos de metal, y un núcleo pétreo, una máquina que había sido producida en serie, de modo organizado y anónimo.

Emanaba unas ondas ultravioletas que alteraban la química del cerebro, y lentamente, todos se iban volviendo idiotas. Su nombre era Reality.

De todos modos, la mujer vestida de gris no se había dejado conquistar por Reality, aunque él había insistido en varias ocasiones.

Es que a la mujer vestida de gris le gustaban las sorpresas y Reality desde el comienzo fue tan obvio que ella lo descartó de entrada.

La mujer vestida de gris, pues, se siente rodeada de ficciones donde ya no hay gente.

Anna Donner © 2009
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