El Eterno Retorno.


El eterno retorno es una concepción filosófica del tiempo postulada en forma escrita, por primera vez en occidente, por el estoicismo y planteaba una repetición del mundo en donde éste se extinguía para volver a crearse. Bajo esta concepción el mundo era vuelto a su origen por medio de la conflagración, donde todo ardía en fuego. Una vez quemado, se reconstruía para que los mismos actos ocurrieran una vez más en él. En el "eterno retorno", como en una visión lineal del tiempo, los acontecimientos siguen reglas de causalidad. Hay un principio del tiempo y un fin... que vuelve a generar a su vez un principio. Sin embargo, a diferencia de la visión cíclica del tiempo, no se trata de ciclos ni de nuevas combinaciones en otras posibilidades, sino que los mismos acontecimientos se vuelven a repetir en el mismo orden, tal cual ocurrieron, sin ninguna posibilidad de variación.”

I.
La Casa trasciende en el tiempo; permanece inmutable. Así lo confirmo Ella, aquella tarde de invierno, no hace demasiado tiempo, cuando estuvo luego de una ausencia demasiado prolongada.

Ella a veces cree que La Casa tiene vida propia, sus objetos le hablan, La Casa permanece esperando que alguien la habite, y todo está como lo dejó el último que estuvo allí, quien sabe desde hace cuando.

No obstante, La Casa trasciende. Su ubicación estratégica en medio de una calle-parque, el verde que la rodea, los muebles de estilo, aunque un tanto sin lustre allí permanece.

Lo mismo que los adornos, cuadros, cortinados, muebles de estilo. A Ella le da la impresión de que en cualquier momento alguien va llegar, y que La Casa, a pesar de haber quedado detenida en el tiempo, pide se le devuelva la vida. ¿Cuál? Cualquiera. Una vida, pide La Casa, no importa cuál.

Una vida que haga que otra vez se enciendan los leños de la estufa del living comedor, una vida que le de calor, porque La Casa tiene frío, de tan sola que está.

La Casa no entiende, ella tiene todo para recibir a la vida, mas la vida por alguna extraña razón, la desecha.

La Casa sufre en silencio, esperando todos los días, que aunque sea, algún ser viviente llegue a ella.

Pero eso no sucede desde hace tiempo.

No obstante, La Casa no pierde las esperanzas. Ella sabe, que algún día otro ser viviente volverá a darle calor, volverá a encender la estufa de leña, volverá a cortar el césped, volverá a cocinar una comida caliente.

II.
La Casa trasciende en el tiempo; permanece inmutable. Así lo confirmo Ella, aquella tarde de invierno, no hace demasiado tiempo, cuando estuvo luego de una ausencia demasiado prolongada.

Todo estaba como la última vez que lo había visto, a Ella le daba la sensación de que ayer mismo había estado en La Casa.

Por supuesto, y como siempre; con El.

El.

Pidiendo disculpas por el desorden y el abandono.

Ella.

Diciéndole que eso no tenía la mayor importancia.

Lo cierto es que una vez más, ella retornó a La Casa y se encontró con El.

¿Cuántas veces más sucedería?

¿Eternamente?

Como la última vez, era una tarde de invierno.

Una helada tarde de invierno.

El decía que La Casa era un lugar inhóspito, pero Ella le hacía ver que nada tenía la menor importancia si El y Ella estaban allí.

Así eran, pues, sus encuentros. En una casa helada.

III.
Pero lo cierto es que las eventuales ocasiones en que Ellos decidían encontrarse, ya no tenía frío, a pesar del clima adverso, y de las heladas.

Cada vez que Ellos iban, La Casa era feliz. Ellos le daban calor, y compañía.

Es que La Casa pasaba todo el tiempo sola.

La Casa era tan Linda, que no entendía por qué su Dueño no La Quería, y la había abandonado.

¿Con todo lo que ella le había dado?

Tardes de calor, un hogar.

Pero ya nada de eso quedaba.

Pero lo que El no entendía, era que aún estaba vivo.

La Casa lo sabía, y lo esperaba todos los días, pero El, la olvidaba.

Por lo tanto tamaña sorpresa se llevó La Casa aquella tarde de invierno, en que El y Ella estuvieron con ella. Con ella y en ella.

La Casa fue feliz. Ellos estuvieron un instante breve, pero le dieron un calor infinito.

La Casa ese día estaba contenta.

IV.
El la esperaba con lo que pudo rescatar para cobijarla. Ella le había dicho que no importaba, pero a El le pesaba recibirla en una casa abandonada. El no entendía que Ella veía Una Vida adentro de La Casa. El no entendía que a pesar de no tener habitantes, la casa aún tenía Una Vida. Ella, cada vez que iba, lo sentía.

Los objetos de La Casa le desvelaban historias.

Historias Alegres. E Historias Tristes.

Ella lo veía todo a través de los objetos. Cada uno cobraba vida propia, como por ejemplo, el dressoir con espejo que El estaba lustrando.

En La Casa había libros antiguos, testigos de infancias felices.

Porque los testigos, aún estaban allí.

Pero El, por alguna razón, no quería a esos objetos sagrados.

Y los objetos, también estaban tristes.

Tan tristes como La Casa misma.

V.
Lo cierto es que los días que Ella iba a La Casa, El, era feliz.

Claro que El nada decía, pero la felicidad se le salía por todos los poros de la piel, por los ojos claros y transparentes, y tranquilos, sin un dejo de manchas rojas.

El no le quería decir a lo feliz que era cuando Ella iba a La Casa. Pero por más que El tratara de restarle trascendencia, esa Felicidad a El se le escapaba, y no podía, aunque quería, dejarla escondida.

La felicidad siempre lo embromaba. El, trataba de taparla, esconderla, ignorarla, pero, tarde o temprano, La Felicidad a él se le imponía, y nada podía hacer.

Es que El, aunque quería, no entendía que no podía tener el Control de esa Felicidad. Ella, simplemente aparecía, y lo tomaba por sorpresa, por más que El le daba siempre vuelta la cara, La Felicidad siempre se le escapaba, o por el bolsillo de su camisa, o de su bolso.

Ella le dijo miles de veces, que olvidara todo eso, y que se dejara ser. Cuando El se distendía, efectivamente, él olvidaba todo y era absolutamente feliz. Ella lo notaba, aunque El no decía nada.
La felicidad se le salía por todas partes.

Entonces El, se lastimaba, porque la perseguía y la volvía a ocultar.

Ella no terminaba de entender porqué El se empeñaba a rajatabla en esconder una felicidad que se le quería escapar por todas partes.

Además, Ella se daba cuenta de que a El lo ponía muy triste ir a perseguir la felicidad para guardarla.

¿Por qué El perseguía a la felicidad para esconderla?

¿Por qué no la dejaba ser?

Ella no entendía, ni entiende por qué El, teniendo tan pocos elementos para hacer que esa felicidad aflore de sí, no le lo permita.

¿Por qué El se empeña en esconder a La Felicidad?

¿Por qué El es tan duro consigo mismo?

¿Por qué El se miente y escondía esa felicidad que se le salía por todos los poros cuando Ella, aparece, por ese pasaje, cruza la acera, y entra en su Mundo?

¿Por qué El no quiere dejarla entrar a Ella en su Mundo?

¿Por qué El no quiere dejarla entrar ni a Ella ni a la Felicidad en su Mundo?

¿Por qué El se boicotea su propia felicidad, y su capacidad de sentir?

VI.
Ese dilema Ella trató y aún trata de comprenderlo, pero no le encuentra ninguna explicación lógica. Ella no entiende. ¿Por qué El se emperra en hacer de cuenta que no es feliz con Ella si realmente lo es?

El no se da cuenta que esconder La Felicidad cada día le quita un poco más de alegría. Cada día le quita un poco más de energía.

El está obsesionado con esconder a La Felicidad, y eso le consume todo lo bello que la vida aún tiene para ofrecerle.

Pero de esta historia, Ella no se sorprende. Hace años que se reitera, una y mil veces.

La historia no es lineal, sino cíclica. Una vez cumplido un ciclo de hechos, estos vuelven a ocurrir con otras circunstancias, pero siendo, básicamente, semejantes.

El valor del concepto de eterno retorno ha sido tan discutido como poco entendido. En general, se le considera únicamente desde el punto de vista cronológico, en el sentido de repetición de lo sucedido. Pocas veces es pensado como uno de los conceptos más poderosos de la filosofía moral de todos los tiempos: obra de modo que un horizonte de infinitos retornos no te intimide; elige de forma que si tuvieras que volver a vivir toda tu vida de nuevo, pudieras hacerlo sin temor. Nietzsche, en su teoría del eterno retorno, nos enseña sólo una cosa: el hombre logrará transformarse en el Übermensch cuando logre vivir sin miedo.

Anna Donner Rybak © 2010
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